08 - 11 - 2010

Pocos se han atrevido a sumergirse hasta el fondo en la tenebrosa profundidad de un personaje, el Diablo, que inquieta y turba a toda la humanidad.

Misteriosamente, la imagen del Diablo se ha ido degradando en el sentimiento popular. Lo que fue satánicamente bello nos parece ahora horrendo, deforme y repulsivo.

En el fondo del mito diabólico se esconde la tragedia, la frustración y, al menos en algún sentido, la ternura; a todos nos conmueve, querámoslo o no, la caída de Satanás.

La extraordinaria dotación del Diablo parece producir en las brujas profundo dolor. Pero otras se “quejan” de su escaso tamaño viril, no mayor que el dedo meñique.

Cuando se trata de corromper a un hombre, Satán parece adoptar sugestivas formas femeninas y brinda esos encantos a su amante con toda prodigalidad. Muchos quisieran “caer” en esa tentación.

Poca gente está dispuesta hoy a realizar pactos satánicos, no por miedo a perder su alma, sino simplemente por el terror de un hipotético encuentro con Satanás.

Se ha dicho, para horror nuestro, que cada uno lleva dentro de sí un demonio, pero que no todos los humanos se convierten en su presa: cualquiera podría ser su víctima.

Las reacciones de los posesos se caracterizan generalmente por la impulsividad agresiva, que en algunos casos se reemplaza por su contraria: la inhibición más absoluta.

Las obsesiones de soledad, inferioridad y culpabilidad generan tentativas de autocastigo y predisponen frecuentemente, según los demonólogos, a la “posesión” diabólica.

Cambios de mímica, hinchazón del vientre, lengua sucia, fetidez de aliento, necesidades imperiosas de alimentos extraños o repugnantes son considerados por los demonólogos como señales de “posesión” diabólica.

La Iglesia considera como “señales intelectuales” de la posesión el conocimiento de pensamientos ajenos, acontecimientos futuros, y el uso de lenguas desconocidas hasta entonces.

El demonio nunca abandona.

Dicen algunos demonólogos, al describir las formas y usos del Diablo, que a éste se le desarma fácilmente poniéndole en ridículo. Por ejemplo, el Demonio no sabe sonarse las narices, ni dormir, ni sufre otras necesidades limitadoras de las perfecciones del espíritu puro que todo ser humano deseará para sí.

Cuando se le descubre en una de éstas, no soporta el ridículo y huye de inmediato. Pero vuelve. Naturalmente que vuelve. Es un personaje muy tozudo e insistente y, cuanta más resistencia se le oponga, más valioso considerará luego su triunfo.


Santos y diablos
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Para San Agustín, uno de los pilares de la ciencia teológica junto con Tomás de Aquino, la existencia de Satanás y de los demonios no admite duda alguna. “… los llamados incubos (demonios masculinos) frecuentemente molestan a las mujeres buscando obtener de ellas el coito”.

Obispo de Hipona en el siglo IV, siguió algún tiempo las doctrinas maniqueas, que enseñan la existencia de dos principios creadores: uno el bien y otro el mal. Aunque más tarde las abandonara, el santo mantuvo siempre gran preocupación por desentrañar el origen del mal y de todas sus manifestaciones.

El rey de la repulsión.

La tradición adjudica a Satanás muchos nombres y muchas apariencias, generalmente con uno o varios detalles zoomórficos. La inclusión de los inevitables cuernos, casi siempre cabríos, dan a su gesto terrible ese aura repulsiva que tanto conviene a quienes pretenden situar aquello que más nos acerca a la naturaleza los instintos en el terreno de lo tenebroso. Imágenes de repulsión, en suma, que favorecen los mecanismos de la autorrepresión. Una sociedad maniquea, radicalmente dividida entre “buenos” y “malos”, necesita de estas representaciones iconográficas para perpetuarse conservando sus señas de identidad.

Satanismo y Brujeria

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